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¿Que 80 años no es nada?...

La primera -y única- vez que visité China, allá por 1976, los asombros se me acumulaban; no daba abasto para asimilar extrañezas: no puedo definir mis viviencia de otro modo que no sea "un shock cultural"... Una especie de "síndrome de Stendhal", ese que ataca en Florencia -en forma de vértigos y mareos- ante la imposibilidad de asimilar tanta belleza; en el caso de China,
tanta "diferencia".

Hubo algo que, más que perturbarme, me emocionó: el extraordinario y sincero respeto de los chinos por los ancianos... Por los viejos, ¡y dejémonos de eufemismos de "mayores" o Tercera Edad!... Las edades del hombre son la infancia, la adolescencia, la juventud, la madurez e, inevitablemente, la senectud, la vejez, la llamemos como la llamemos.

En aquella China -no sé lo que sucede ahora-, los viejos eran "alguien". Y "alguien" importante para las familias, para la sociedad. Por entonces, Occidente ya había comenzado a considerar -y a tratar- a los ancianos de muy distinta manera: ó como abuelos "canguros" obligatoriamente hiperactivos que debían ocuparse de todas las tareas -especialmente del cuidado de los nietos- que los padres no podían asumir, ó como cachivaches inútiles que se "almacenaban" en un rincón de la casa o en las residencias geriátricas... En Occidente, la vejez ya no era un privilegio sino una carga. ¿La experiencia de los ancianos?: insoportables "batallitas del abuelo"; ¿la sabiduría de los ancianos?: impresentable nostalgia; ¿los consejos de los ancianos?: innecesarios y cargantes "porque ellos ya no están casi en el mundo"; ¿la necesidad de cariño de los ancianos?: un "chantaje emocional"...

Ayer se difundió una -aparentemente- excelente noticia: la esperanza de vida de los españoles llega, ya, a los 80 años... Incluso algunos más para las mujeres, no me pregunten porqué... ¿Comentario que he escuchado esta mañana a un gurú radiofónico?: "Nos vamos a convertir en un país de viejos y de viudas".

Y, la verdad, el comentario me ha apenado mucho y no me ha sorprendido nada... A menudo, cuando se certifica que nuestros años de vida se van prolongando, esa esperanza de convierte en terror: "¡qué horror, cuánto gasto para la Seguridad Social!", "¿y para qué se quiere seguir viviendo cuando el cuerpo se mustia y la mente se reblandece?", "¡no vale pena la existencia con tantas penas a cuestas!"...

Y a los viejos que escuchan estos comentarios ¡les entra una "alegría de la huerta" en el ánimo que para qué!... Una "alegría" similar a la de una amiga mía, madre de tres varones, que, cuando le contó a una señora andaluza que sus tres hijos eran chicos escuchó esta "optimista" predicción: "¡Ea: tres nueras!"...

Y, ¿sabes?: aunque la Medicina avance y los viejos resistan, también se puede morir de tristeza y soledad...

Pilar Cambra
Fuente: su blog

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