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Los secretos de la mina



FRAGMENTO LITERARIO: LECTURA

Un libro de Francisco Peregil reconstruye el rescate de los 33 mineros atrapados hace un año en el yacimiento de San José, de Chile, que conmovió al planeta. Anticipamos aquí un extracto



Un día después del derrumbe, el rescatista jefe de la empresa minera Carola, Pedro Rivero, y sus hombres se encontraban en la superficie de la mina San José. Pedro sumaba 30 de sus 55 años en la profesión y llevaba a sus espaldas más de 50 salvamentos. Todo el mundo en el sector sabía que era uno de los profesionales más experimentados del país. Su equipo alardeaba de que ningún cerro le había doblado nunca la mano. Vivos o muertos, siempre sacaron a la gente de cualquier sitio.

Hijo y hermano de mineros, a los cinco años ya lo bajaban con una cuerda a 480 metros al pique de Carrizalillo, en Atacama. El trabajo le obsesionaba. En cuanto le daban cuatro días de permiso, al tercero ya estaba desesperado por bajar.

-La mina es ese misterio que tiene esa cosa oculta -decía-. Todos los días le dice algo a uno, y uno la va conquistando con cada labor que se hace. Es una tentación que no se puede rechazar. Y hay que tener cuidado, porque a veces se enoja.

Solía llevar el pelo claro recogido en una coleta. Miles de mineros en Atacama sabían quién era, y él disfrutaba con la aureola épica que envolvía su trabajo. En el mundo de la minería, a Rivero se le conocía como R-1 (por Rivero y, también, por rescatista) y como Kamikaze. Este segundo apodo le atraía porque tenía entendido que en japonés significa tifón.

-El tifón que salvó al imperio de la invasión mongol. O sea, Kamikaze, literalmente, significa el que salva.

Después de haber entrado por primera vez el mismo día del derrumbe, el sábado 7 de agosto, a las nueve y dos minutos de la mañana, el grupo de Pedro Rivero volvió a intentarlo.

-¡Entramos todos, salimos todos! ¡Rescate!

En esa ocasión, Pablo Ramírez, el hombre que mejor conocía la mina, logró llegar hasta casi los 500 metros. Pedro le pidió que le describiera la situación y Pablo le dijo que ahí no había por dónde seguir, que el megabloque había cortado la chimenea y que todo estaba obstruido. Después de informar al Kamikaze, Pablo trató de contactar otra vez con sus compañeros:

-¡Niños!, ¿están ahí? ¡Contesten!

Y, de nuevo, le respondía el eco. Pero él seguía:

-¡Huevones, contesten!

Pablo soltó todos los insultos que se le vinieron a la cabeza. Esa era la forma en que los mineros se infundían ánimo y cariño. Su voz se paseaba por todas las oquedades buscando un milímetro por donde meterse y solo encontraba un tapón, una frente lisa de 700.000 toneladas. Varias semanas después supo que los atrapados se encontraban en ese momento apenas a 80 metros de él gritando también con todas sus fuerzas:

-¡Huevones! ¡Estamos aquí, vengan a buscarnos!

Pero no fue ninguno de sus 33 compañeros, sino que fue el cerro el que empezó a "manifestarse", como diría Pablo, a crujir y a tirar piedras al fondo. Pablo le gritó a Pedro Rivero:

-¡No bajes más, que esto se fue a la cresta!

Rivero emitió por radio un código rojo de izaje a la máxima velocidad. Eran las dos y cuarto de la tarde. La roca gigante se estaba moviendo de nuevo, sonaba como una avalancha de nieve. El aire se cargó de polvo. Ni siquiera tuvieron tiempo de tener miedo. Ascendieron los últimos 30 metros sin saber cómo, mientras oían caer piedras por todas partes. En aquellos momentos, Pedro Rivero ya pensaba en el mensaje que tendría que comunicar al mismísimo responsable de Minería, Laurence Golborne.

-Ministro: la chimenea principal está fracturada en el costado derecho. Tal como está la actual situación y tal como se comportó la mina... Esto aquí se acabó.

Laurence Golborne se abrazó a Pedro y lloró. Fue la primera vez que lloró en la mina. No sabían en ese momento si los mineros tendrían aire para resistir allá abajo. Después, el ministro le pidió al rescatista que hablara con los familiares. Había gente, como el padre del minero atrapado Álex Vega, que, valiéndose de su experiencia como minero y de la de otros pirquineros, estaba dispuesta a bajar hasta el mismo infierno con tal de sacarlos. El Kamikaze se reunió con los familiares. Su mensaje final quedó claro:

-¡No es que no se quiera, es que no se puede! ¡Enviar hombres ahí es enviarlos al suicidio!

No era fácil para Rivero asumir la derrota delante de tanta gente. Y eso que Rivero estaba acostumbrado a afrontar situaciones difíciles en su vida. En un mundo tan machista como el de la minería, donde tanto se habla de los desafíos de hombres, de echarle un pulso a la mina, de doblarle la mano al cerro, de penetrar la mina bien hasta el fondo, se daba la circunstancia de que Pedro Rivero, el R-1, el Kamikaze, era travesti.

Aún se encontraba legalmente casado y mantenía una buena relación con su esposa, pero vivía separado desde hacía una década. Tenía una hija de 29 años, graduada en inglés, y un hijo ingeniero de 25; una nieta de 8 y un nieto de 2. Sabía lo que era dar la cara ante la gente. Aunque no se había operado para cambiar de sexo, en cuanto terminaba su trabajo, Pedro se quitaba la gorra, se soltaba la coleta rubia, se ponía su falda, se maquillaba y salía a la calle como cualquier mujer.

-La cultura minera es ultramachista, sobre todo en Chile -decía-. Pero la cuestión es cómo se impone uno en términos profesionales. Había casi mil personas trabajando en ese rescate. ¿Le preguntaron a cada uno qué hacía por la noche en la cama? Lo que importaba es que el ingeniero calculase bien adónde tenía que llegar la sonda, que los médicos hicieran un buen plan de rehabilitación, que los cocineros cocinaran bien... Cuando comenzaron las mujeres en las Fuerzas Armadas también las discriminaron, pero ellas han sabido imponerse. Ser hombre es mucho más que llevar pantalones. Y no porque yo me ponga faldas para bailar o para ir al mercado voy a cumplir ni peor ni mejor con mi trabajo.

Durante el rescate, el periodista de televisión Amaro Gómez Pablo le regaló la trilogía de la vida de Alejandro Magno, un personaje a quien Pedro Rivero siempre había admirado.

-Guardando todas las proporciones del mundo, Alejandro Magno también tenía una doble vida y era un guerrero como yo.

Rivero se alegraba de que, hasta el momento del rescate, su condición de travesti nunca había interferido en su trabajo, nunca se había visto perjudicado.

-Cuando ellos se dan cuenta de que lo que hago yo es protegerles la vida, lo aceptan, te muestran afecto, solidaridad, el respaldo absoluto. A mí nunca me han faltado al respeto. Yo le he cumplido siempre a mis hijos y a mi país. A mucha gente como yo se la discrimina, pero no ha sido mi caso.

Pero conforme el rescate avanzaba, el jefe de los rescatistas de la empresa minera Carola creyó verse relegado precisamente por su opción sexual. Simplemente por eso. -

Estamos bien en el refugio los 33, de Francisco Peregil. Libros del K.O. (www.librosdelko.com) Precio: 16,20 euros.

El País

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