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Angela Merkel, de compras en el supermercado

El pasado viernes 2 de marzo, a las 10.30 horas (parte inferior izquierda de la foto), la canciller alemana, Angela Merkel, firmaba en Bruselas el Pacto Fiscal, un paquete de austeridad de cientos de miles de millones que marcará en adelante la política económica de todo un continente. Ese mismo día, a las 17.00 horas (parte superior de la foto), la canciller está de vuelta en Berlín y, camino a casa, para en un supermercado del centro para comprar unos pimientos, una col, aceitunas y una botella de vino blanco.

La imagen fue captada por uno de los clientes del supermercado, y fue publicada después por el diario alemán 'Bild Zeitung'. Allí nadie reaccionó de forma estrepitosa ante la presencia de la canciller porque la imagen es relativamente usual.

Para cualquier mujer que trabaja, esta compra de urgencia antes de llegar a casa forma parte de la rutina. Si a cualquier jefe de Gobierno le preguntan cuánto cuesta una barra de pan y no lo sabe, quizá no sea porque los políticos están cada vez más alejados de la realidad y del día a día de los ciudadanos, sino porque ese jefe de Gobierno en cuestión es hombre. Porque si se lo preguntan a Merkel, seguramente acierta.

Es precisamente ese apego a la realidad de un presupuesto, a la realidad diaria de los alemanes, lo que el electorado sigue agradeciendo a Merkel. A pesar de que los alemanes están mayoritariamente (62%) en contra de los rescates europeos, ven en la canciller a alguien en quien se puede confiar la administración de los bienes públicos y les da tranquilidad saber que pisa con igual naturalidad las alfombras rojas de las cumbres europeas que la cola para pagar en la caja del supermercado.

De hecho, Merkel disfruta en este momento de su mayor nivel de popullaridad desde la reelección en 2009, según una encuesta de la revista 'Stern' que le da un 64% de respaldo. Para sacarla del gobierno en las próximas elecciones, si los sondeos no cambian, sería necesaria una coalición de socialdemócratas y verdes con el estigma de no poder situar en la Cancillería al candidato más votado.

Hace no tantos años, ante esta fotografía habría surgido alguna voz diciendo algo así como "eso, eso, que se dedique a hacer la compra de su casa y nos deje a nosotros dirigir Europa", pero estas encuestas dan a entender que los europeos se fían más de alguien que sabe hacer su propia compra que de tantos otros que se la dejan hacer.

El Mundo

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